Aumenta la velocidad de cosas que se pueden percibir fácilmente: el caminar, el hablar, los movimientos. Y en esa velocidad creciente, la presencia se vuelve más difícil y más necesaria a la vez.

En un mundo que acelera, la presencia es el acto más radical que puedes elegir.

Vivir presente significa notar lo que está frente a ti. El sabor del café por la mañana. La luz que entra por la ventana. La voz de alguien que quieres. Cosas pequeñas que pasamos por alto cuando vamos en piloto automático.

No necesitas meditar horas ni retirarte a un monasterio. Basta con hacer una pausa. Respirar. Preguntar: ¿dónde estoy ahora mismo? ¿Qué está pasando aquí, en este preciso momento? Eso es todo. Eso es suficiente.

Y cuando te des cuenta de que tu mente se fue, que viajó al pasado o al futuro sin aviso, simplemente regresa. Sin drama. Sin juicio. Regresa.